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Sobre el hype, suflés, y amor y odio

  • marcelruizmejias
  • 6 abr
  • 3 Min. de lectura

 

Podría comenzar este post con una frase sugerente con gancho como lo que dicta la norma de postear en redes sociales. Pero no lo voy a hacer. Voy a escribir sobre algo que me duele profundamente ver en mí y en otras personas. Y encima no voy a dar ni soluciones ni bibliografía al final.

 

Es muy triste que podamos estar ante la destrucción masiva de la humanidad a corto-medio plazo por las ansias de enriquecerse y de poder de algunos. Entre tanto, una de nuestras ‘comidillas’ es tratar de ser felices con sesiones de terapia de psicología positiva. No es que haya bastante que arreglar en este mundo, no. Lo que pasa es que no ponemos suficiente actitud ante la vida, porque quien ‘no va adelante es porque no quiere’. Como si mi actitud tuviera un interruptor. Y si lo tiene, está claramente apagado.

 

Por las redes sociales, especialmente en Instagram y LinkedIn, ruedan frases inspiradoras para muchos. Aquellas que nos resuenan y nos cambian para siempre de un modo tan sencillo como eficaz. Si miro a ojo de buen cubero –o grosso modo–, podría decir que el 70 % de ellas tratan de extractos simples y descontextualizados de filosofía machihembrada ad hoc para sostener el propio sistema y tenernos adormecidos y pensando en las musarañas, porque claro, uno está depre porque quiere, o vive estos últimos años con esa extrañeza porque no ha tomado las decisiones correctas, que son las que te llevan a la plenitud, y acto seguido a la variante europea del Nirvana. Siempre hay quien te enseña el camino. Siempre hay frases inspiradoras. Pero es difícil detectar de dónde van a venir los guías que transitarán esto junto a uno, con cierta claridad, entre todo este ruido, y de manera real.

 

Nos estamos desconectando de lo presencial. Cada día es más difícil mantener relaciones sociales o íntimas profundas y duraderas. El éxito es hacernos pensar que la culpa la tenemos cada uno de nosotros, porque no estamos emocionalmente disponibles o porque evitamos el compromiso como chavales de 16 años. Pero algo hace que me pregunte si detrás de eso existe algo que nos está cambiando el cerebro o nuestros deseos. ¿Son los hábitos de consumo de las personas, a los que nos empujan las redes sociales, sean del tipo que sean? Porque, claro, somos nosotros los culpables, consumiendo con poco criterio. Y, más preocupante: ¿es posible que la manera en que me relaciono hoy en día se adapte a unos circuitos subyacentes de mi cerebro transformados por esos hábitos?

 

La sociedad de la inmediatez hace que el suflé del deseo por conseguir algo suba muy rápido. Concretamente, a una velocidad proporcional a lo rápido que se deshincha e inversamente proporcional a la duración entre estos efectos. Campañas de marketing agresivas, que te venden comerte una galleta María como una experiencia 360 que jamás olvidarás. Botones de like y colorines que endulzan la experiencia de cliente y de vendedor. La democratización de las ventas, de la música, del arte, de cualquier negocio excepto los que son exclusivos para nuestros bolsillos. Con poco conocimiento puedes acceder a cualquier cosa. Solo tienes que pedírselo a Alexa.

 

En la sociedad del hype, siempre hay un tema de comidilla. Ya sea la IA, lo mal que está la educación, o que los jóvenes de ahora ya no son lo que eran. También la falta de buenos profesionales, porque antes se hacían bien las cosas. Siempre hay un tema que se puede discutir en el bar delante de unas cañas. Yo, cuando acabo de apurar la última, ya agacho la cabeza para meterla otra vez en el cubo de alfalfa. Pero no hablamos de nuestros miedos, de nuestros terrores ni de nuestras pasiones. Eso no es interesante, porque puede movernos en una u otra dirección. Es mejor estar sentados en el taburete del bar.

 

Pero con amor todo cura. Es la más potente de las emociones, mucho más que el odio. Mueve con energía de tipo femenino, suave y masivamente. Uno de los trucos es que tan sólo necesitamos el amor en forma de subidón de dopamina que nos van a dar nuestros próximos 20.000 seguidores, la explosión de objetos y colores del Candy Crush o las métricas de impacto de cualquier mierda cosa que hayamos hecho y publicado. Pero que no se nos olvide que el hecho de que estemos cada vez menos emocionalmente disponibles no implica que no sepamos o no podamos amar. Porque eso es justamente a lo que nos quieren empujar, y no les vamos a dar ese gusto.

 
 
 

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