Culpables de no decidir nuestra actitud
- marcelruizmejias
- 20 may
- 5 min de lectura
Creemos a veces que estamos conectados con el Universo, vibrando a una frecuencia que nos propicia buenos presagios. Otras que, si nos esforzamos debidamente, la vida nos devuelve bondades. Y otras más, que cuanto más correcto decidamos en la vida, mejor nos irá.
Pero de lo que no se habla prácticamente nada es de las consecuencias que tiene aquello que no decidimos. Y, por si fuera poco, de que algunos mensajes de la sociedad nos empujan a responsabilizarnos de ello. Y hoy voy a recrearme sobre este tema, porque tengo el hígado relleno de efluvios que tienen que salir por algún lado.
La carga genética
Nos hemos dado cuenta, gracias a los últimos avances en epigenética, de que lo que hacemos en nuestra vida —hábitos, entorno en el que decidimos vivir, dieta, si hacemos ejercicio y de qué tipo, adicciones…— impacta de tal manera que queda grabado en nuestro ADN. Y encima, se puede transmitir a la siguiente generación.
Darwin abriría los ojos como tomates ante tales evidencias: su teoría de la evolución y el neodarwinismo mostraron que las mutaciones azarosas confieren una ventaja evolutiva y se conservan en la especie, y las que no, simplemente hacen que esos individuos se puedan aparear menos.
Esto de arriba es una teoría voluntarista frente al azar. Es decir, lo que puedes decidir tú frente a lo que ocurre sin que uno tenga control sobre ello. Las teorías y la biología evolutivas en general están muy de moda hoy en día, aunque no tengo ni idea de por qué, ni cuál es el objetivo o paradigma que quiere transformar. Tal vez lo que hay detrás es la respuesta a la pregunta de ‘de dónde venimos’, una de las preguntas fundamentales del ser humano, junto con ‘quiénes somos’ y ‘a dónde vamos’.
Pero está claro que el ‘de dónde venimos’, y poniéndonos más en una escala de una de nuestras pequeñas vidas, está motivado por una serie de decisiones que tomamos en la vida, y, además, por una serie de circunstancias que no controlamos. Lo voluntarista frente a lo azaroso. También a esta escala, como en la del origen del ser humano. Nuestro ADN es una colección de los saberes que se han ido incorporando a lo largo de las generaciones, y que se han ido transformando por el motivo que sea. Dicho sea de paso, que todo esto habría que ponerlo entre comillas, teniendo en cuenta que esta visión biologista puede ser altamente reduccionista, porque la ciencia es una manera de responder a las preguntas fundamentales del ser humano, pero no la única.
Las voces sociales del extremismo voluntarista
Existe en la sociedad, y especialmente en las redes sociales, unos saberes bastante extendidos que propagan una idea si más no que conviene analizar: el hecho de que uno está donde está en la vida debido a las decisiones que ha tomado. Dicho de otra manera: que la actitud que uno le pone a la vida es decisión de cada uno y determina en mucha medida cómo el entorno reacciona ante uno/a. Parece que a las personas nos hace más gracia tener a alguien al lado proactivo, ‘hi-profile’, que contagie alegría y que sea una verdadera fuente de inspiración. Y, si puede ser, que a la vez que se muestre inspirado/a. Pero las personas no somos robots, amigos.
Resulta que, por azar, en la vida pasan cosas que no podemos controlar. Por un lado, desde el punto de vista genético: mutaciones espontáneas que desencadenan enfermedades, algunas letales; también predisposiciones heredadas o adquiridas a otras; y, finalmente, quizá una herencia genética con la que tenemos que vivir y desarrollarnos, que puede determinar tanto nuestra función cognitiva, como rasgos de personalidad o el color de los ojos.
Pero también, en la vida suceden cosas fuera de nuestro control que no están en nosotros, sino en el entorno: la caída de las Torres Gemelas o el crac de Wall Street en 1929, la guerra de Gaza y la opresión de Israel hacia los palestinos, la guerra civil española, el coronavirus o la epidemia de VIH que se desató a finales de los 80… Y voy a ser más drástico: la muerte de tu hermana por cáncer de mama, la de tu hijo por un linfoma o la enfermedad mental de cientos de miles de personas porque estamos, justamente, en un mundo enfermo.
Las redes sociales están repletas de mensajes que se podrían resumir con aquello de ‘al mal tiempo, buena cara’. O que con una buena dosis de resiliencia se puede sobrellevar todo y superarlo. Bonito sí, de entrada. Un poco tóxico también e incluso perverso. Es como aquello de: tú sigue haciendo el bien y te llegarán cosas buenas; no es por moralmente inaceptable, sino más bien por poco realista. Esto puede empujar a muchas personas a redundar en la frustración de que no son capaces de ‘activar’ la buena actitud, o vibrar en la frecuencia correcta. Pero cuidado, vas a poder comprar tests y cursos para aprender a vibrar bien. Es como si el karma hubiera quedado obsoleto: ya no se trata de bien por bien, sino que además hay que estar sintonizado con el Universo. Si no, no funciona.
Alerta también con la psicología positiva, que alimenta la idea de que una actitud proactiva ante la vida proyecta en la realidad y refleja un mundo de abundancia, en todos los sentidos. Primero, no está mal ser positivo/a per se. Pero eso no garantiza nada. Puede ser otra fuente de frustración terrible. Es como aquello de Monty Python, en La Vida de Brian, de always look at the bright side of life, mientras estaban colgados en las cruces, dorándose al sol. Aquella escena nos hacía gracia, como todo lo que hace gracia, por insólito. Unos hombres cantando ‘mira el lado bueno de la vida’ mientras están clavados en la cruz, en medio del desierto. Desternillante. Y en la realidad, penoso, triste, cruel, doloroso, enojante y frustrante. En este sentido, somos culpables, de manera cariñosa, de no poder decidir nuestra actitud, ni de lo que sentimos ante circunstancias retadoras, si no adversas.
¿Y a dónde vamos con todo esto?
Se preguntarán. Pues al mismo sitio que vamos todos, a vivir esta vida que tiene dosis no iguales y no para todos de cal y de arena. A seguir en el punto en que estamos, parados, viajando a velocidad de crucero, de avión a reacción o de barca de remos; da igual. A validarnos todas por sentir lo que sentimos en el momento en que estamos. El amor por uno mismo es la clave, sin tener que vibrar a una frecuencia determinada, y a pesar de nuestras imperfecciones. Porque somos dueños de nuestras emociones, y aunque no las podamos controlar, sí se pueden canalizar, y lanzarlas en forma de mensaje que tanto podría hacer escocer algunas llagas como cauterizar otras. Eso sí, y en el mejor de los casos, con un poco más de consciencia sobre lo que sucede y nos llega del entorno.

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